Cadáveres escondidos

Por Manuel Blanco Chivite

I

Cierta vez, sentado en un banco del Gran Parque, desechado el periódico tras apenas ojearlo, silenciado el móvil en lo profundo del bolsillo interior de la parka, me entretenía contemplando distraídamente una docena de palomas que picoteaban vete a saber qué desperdicios, no muy lejos de donde me encontraba. Se agrupaban, se atropellaban, se hostigaban, se separaban, revoloteaban de pronto, volvían a tomar tierra, descendía del aire media docena más… No muy lejos, vi otro remolino palomil haciendo lo mismo y caí en la cuenta de la gran cantidad de palomas que habitan los espacios más o menos libres de la ciudad, caso de que los hubiere.

En mi calle las veo cada mañana, sobre todo a primera hora, cuando la circulación es todavía apenas molesta. En la cercana plaza, con una hermosa fuente en su centro, se agrupan a diario centenares de palomas, atrevidas y descaradas en busca de agua y alimento.

Y allí, sentado en el Parque pensé: no pueden ser siempre las mismas; las palomas- me dije- también mueren y se reproducen. ¡Y son tantas! ¿Dónde están los cadáveres? Jamás vi una paloma muerta, a excepción de alguna recién atropellada por algún vehículo; suceso, por cierto, bastante raro.

Mueren, me figuro, en lugares recónditos, inauditas marquesinas, tejados en ruinas, torres inhóspitas, solares abandonados, patios deshabitados, naves industriales transidas por los EREs, ¿quién sabe?

Las palomas se apartan y esconden para morir; no las vemos agonizar, ni vienen a despedirse para anunciarnos su marcha. Mueren, me figuro, en lugares recónditos, inauditas marquesinas, tejados en ruinas, torres inhóspitas, solares abandonados, patios deshabitados, naves industriales transidas por los EREs, ¿quién sabe?, al abrigo de las miradas humanas, recogidas en refugios donde transcurren sus últimos momentos; tal cual, se me antoja, nuestras residencias de mayores, apartadas del tráfago ordinario y del quehacer cotidiano de casa-trabajo-ocio-casa-calle-tiendas-bar-cine-casa.

¿Y los cadáveres de esas palomas muertas, volví a preguntarme?, ¿dónde están?, ¿quién los hace desaparecer?, ¿quién da cuenta de ellos?, ¿quién los devora hasta los huesos?, ¿ratas expertas, gatos astutos y fugitivos, murciélagos tenebrosos, insectos carnívoros que  vendrán luego a nuestras piernas y brazos, otras palomas hambrientas…?

II

Aquel extraño tipo apareció igualmente en el Parque, unos días después, algo tarde, cercana ya la hora de abandonar mi banco y retirarme. Me dijo que llevaba poco tiempo en la ciudad , que le sorprendía su grandiosidad y, especialmente, la enorme cantidad y variedad de personas, viejas y jóvenes, altas y bajas, gordas y flacas, morenas y rubias, serias y sonrientes, tristes y alegres,… que lo llenaban todo y que transitaban por todas partes. Le asombraba, al entrar en cualquiera de esos enormes edificios, encontrarse con más y más personas.

  • Debe haber millones – me dijo- tan solo en esta ciudad. Estoy sumamente sorprendido.-

Recalcó.

El sorprendido, como pueden suponerse, fui yo, que observaba su inverosímil disposición corporal y sus no menos imposible compostura y forma de hablar, todo ello difícil de describir, al menos para mi, y hasta de comprender.

  • Pero usted- le pregunté- ¿no había estado antes en una ciudad?
  • Pues no, realmente no; desde luego, no en una como esta.
  • ¡Qué curioso! Todas las ciudades son iguales, el mundo está lleno de ciudades y las ciudades de todo el mundo están llenas de todo tipo de personas, de millones y millones de personas. Así es, amigo mío.
  • Cierto, lo estoy comprobando estos días. En realidad, acabo de llegar.
  • Pero hombre, ¿de dónde ha venido usted?
  • De muy lejos.
  • ¿De muy lejos? Por muy lejano que sea el lugar de donde viene, estoy seguro de que allí también tendrá usted una o varias ciudades tan llenas de gente como esta.
  • La cuestión es que vengo de muy, muy, muy lejos.- Sus ojos, adiviné que aquello eran ojos, mientras lo decía, apuntalando vocalmente cada muy, miraban discretamente, como quien revela un misterioso y muy íntimo secreto, hacia lo alto, mucho mas allá de las copas de los árboles e, incluso, de las nubes que en aquel momento ensombrecían el cielo.
  • Ya- dije y callé; ¿que podía decir?, ¿qué podía aventurar yo, que jamas he sido aventurero ni jamás he viajado más allá de las fronteras de la Unión Europea?                                                                                                              

El tipo, tras acompañarme un momento en mi silencio, dijo:

  • Viendo lo visto, me refiero a esa inmensa cantidad de personas, me ha surgido una inquietud.
  • Dígame – le animé, pese a la perplejidad instalada en mi garganta.- Quizás pueda aliviársela.
  • Supongo que todas esas personas, en algún momento y de una u otra forma, mueren.
  • Así es, amigo mío, todos morimos, una inmensa y continua matanza si se piensa bien, como una enorme guerra con el cien por cien de bajas. Y le llamamos vida.
  • Grandioso, grandioso. Pero mi asombro, mi inquietud, justamente, es que debe haber millones y millones de cadáveres y sin embargo no he visto ninguno. Ninguno, ¿cómo puede ser eso? ¿Dónde están, dónde se esconden para morir y dónde esconden sus cadáveres? ¿Acaso se los comen tras un adecuado tratamiento sanitario? Me extrañaría, al menos hasta cierto punto, pues según nuestras informaciones ustedes abandonaron hace tiempo el canibalismo. En fin, si usted pudiera despejarme esta duda o inquietud o como quiera llamarla se lo agradecería.

Le miré entre asombrado y perplejo. ¿De dónde había salido tan estrafalario tipo, de qué manicomio sideral se había escapado? Le señalé el banco en que me sentaba y le ofrecí aposentarse a mi lado. Cuando lo hizo, empecé:

  • ¿Ha visto usted todas esas palomas?