El último tren

El último tren El último tren

Por Manuel Blanco Chivite

Dirigía el departamento de originales de una pequeña editorial. Un buen día, a media mañana, llegó hasta mi despacho una señora bien vestida, bien peinada y bien calzada. De unos setenta años. Era alta y vestía de negro. Se sentó frente a mí, al otro lado de mi mesa de trabajo. Tras intercambiarnos un escueto buenos días fue directa al asunto que la traía. Me dijo:

Estoy escribiendo la historia de mi vida.

Eso,- le dije-, pudiera estar bien.

Escribo en el silencio de la noche, a mano, aún conservo una vieja estilográfica que perteneció a mi padre. Un capricho. Nadie sabe que escribo, excepto mi nieta. Tiene diecisiete años y le voy pasando las páginas para que las teclee en su ordenador. Me pregunto si ustedes publicarían una cosa así.

Pues depende. ¿Ha publicado algo antes?

No, claro que no. Mire: toda mi vida ha consistido en estar casada; cincuenta años de matrimonio… En realidad he sido siempre la criada de mi marido. Un hombre, por otro lado, guapo y con dinero, corpulento, en fin, que solía gustar a las mujeres. De eso, hace siglos, claro.

Me hago cargo. Un poco triste se me antoja.

Una forma de decirlo. Yo todavía no sé cómo decirlo. ¿Lo publicaría?

Como le digo, depende. En principio, supongo que sí. Sin leer el texto no puedo contestarle de manera categórica.

El texto, claro. Lo entiendo. En eso estoy. Depende de lo que cuente…

Y de cómo lo cuente…

– De lo que me haya pasado…

También, sí, en fin, no sé…

¿Sabe una cosa?

Dígame.

Mientras escribo, voy descubriendo, más y más estremecida cada día, que jamás me ha pasado nada. ¿Lo puede creer? En ocasiones, me miro al espejo y me pregunto: ¿estoy realmente viva o eso que veo ahí es solo un cadáver sin enterrar?

Me parece que exagera. Siempre pasa algo. Quizás no haya llevado una vida demasiado apasionante o aventurera, pero pasar, siempre pasa algo.

A mí, no. Se lo digo muy en serio. Soy una vieja mujer de mi casa con un largo matrimonio a cuestas. He perdido todos los trenes. Los he visto pasar así, sin un parpadeo.

No sé cómo expresarlo… pero eso que me dice me parece escalofriante.

¿De verdad lo cree así?

Se lo aseguro… Quizás su libro, si lo llega a terminar, resulte sumamente atractivo, la atracción de una cotidianidad tan a la vista y tan oscuramente dramática que nadie la percibe.

Cincuenta años dedicada a mi marido. ¿Sabe cuántas camisas he planchado?, ¿cuántas comidas he preparado?, ¿cuántas vacaciones he pasado en lugares que me importaban un bledo…? Publicar un libro así es mi única ilusión. Contarlo.

La verdad, su historia en la que no pasa nada me está empezando a interesar.                            

A efectos comerciales, quizás lo que más le pueda interesar es el final.

El final podría ser esta conversación.

Cierto, excelente idea, señor editor. Claro que antes y, para sellar nuestro acuerdo, debo pedirle una pequeña ayuda.

Dígame.

Mi nieta y yo tenemos, ahora mismo, un problema…

Siga, por favor, no soy de los que dejan escapar un tren.

Me lo imaginaba.

Pues adelante.

Mire, en el salón de mi casa, frente al televisor, sobre la alfombra, tenemos el cadáver de mi marido. Hace un par de horas que acabé con el único hombre de mi vida. Mi nieta se ha quedado viendo su serie favorita. Ya lo hemos intentado y no hay manera: entre las dos no podemos ni moverlo. Creo que ya le he dicho que mi marido es… o era, alto y fuerte, un roble, además de guapo o, al menos lo fue, lo de guapo quiero decir. Pesa lo suyo, se lo aseguro. Necesitamos su ayuda para deshacernos del fiambre, como dicen en las novelas… ¡Ah!, y otra cosa: aunque tarde, este tren no me lo quiero perder, estoy segura de que ya es el último.