La sombra de Lady Di es alargada

Lady Di, pocos meses antes de su muerte. Foto John Mathew Smith , CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons JUNE 17, 1997

        

Se cumplen 25 años de la muerte de Lady Di. Una fecha para el recuerdo, que marcó un antes y un después en la historia de los Windsor, pero muy especialmente en la imagen que de la monarquía británica tenía la opinión pública, al comprobar su indiferencia e incluso desprecio de algunos de sus miembros por la mujer que estaba destinada a ser la Reina consorte del imperio británico. Madre de dos varones, Guillermo y Enrique, fruto de su relación con Carlos de Inglaterra, el heredero al trono, y elegida por pertenecer a una familia aristocrática y no tener mancha alguna en su curriculum sentimental. Tenía 18 años.

Por Rosa Villacastín

Pero al contrario de lo que ocurre en los cuentos de hadas, la magia se rompió en mil pedazos la misma noche de bodas, al encontrar la princesa de los ojos tristes unos gemelos con las iniciales de CP (Camila Parker), la mujer que reinaba en el corazón de Carlos y a la que no ocultaba convencido como estaba de que Diana aguantaría carros y carretas con tal de mantener su estatus social. Cuán equivocado estaba.

Diana tardó años en aceptar lo inevitable, que su matrimonio era un desastre, que todos los intentos por atraer a Carlos a su lado eran inútiles, atrapado como estaba en las faldas de Camila. La reacción de Diana no fue muy distinta a la de cualquier joven enamorada: aguantar, aguantar, para ver si las aguas volvían a su cauce. Ya era tarde. Pidió auxilio, esperando que alguien le tendiese una mano, que la reina Isabel, por el hecho de ser madre y mujer, se solidarizase con ella. No lo hizo, educada como estaba en ocultar sus sentimientos más íntimos, en aceptar las infidelidades de su marido, el duque de Edimburgo, como algo inevitable, siempre y cuando permaneciera a su lado en bodas, bautizos y comuniones.

Lady Di en la Casa Blanca en 1985. Foto: White House photographe

Con el divorcio de Carlos y Diana, empezaron las confesiones íntimas en la BBC (después hemos sabido que esa exclusiva fue fruto de un chantaje que le hizo el presentador del programa) donde llegó a decir que su matrimonio había fracasado porque tres en una misma cama eran multitud. Esa madrugada, millones de británicos se quedaron pegados ante el televisor. No salían de su asombro. Mientras, los tabloides ingleses se frotaban las manos pensando en los beneficios que esta historia les iba a proporcionar, como así fue. De nada sirvieron las advertencias sobre el acoso que estaba sufriendo Diana por parte de los paparazzis. El espectáculo había comenzado, el declive físico y mental de Diana también.

Sin embargo, tras muchos tropiezos, y convencida como estaba del cariño que la gente de la calle sentía por su Princesa del pueblo, Diana dio un paso adelante y emprendió el camino de la solidaridad. No solo se limitó a visitar a enfermos de SIDA, la enfermedad del siglo, a quienes no dudaba en consolar, cogerles la mano, también con los supervivientes de las bombas antipersonas, que tantas vidas habían costado en Angola, a donde se fue en 1997, pese a las advertencias de su equipo.

Si hay una imagen que quedará en la retina de los angoleses es la de Diana caminando por un estrecho sendero a través de un campo minado, protegida con un chaleco antibalas, con el nombre de The HALO Trust, un grupo dedicado a remover minas terrestres de antiguas zonas de guerra. No contenta con el impacto de esas imágenes, rodeada de niños sin piernas o brazos, se fue a visitar a Teresa de Calcuta, que la acogió entre los suyos y la colmó de bendiciones. Un encuentro que le dio la fuerza necesaria para enfrentarse a la Familia Real más poderosa de Europa.

Un reto que dio sus frutos. Fue Versace quién le diseñó algunos de los trajes que todavía hoy, 25 años después, permanecen en nuestro recuerdo, lo que le permitió sentirse segura, poderosa, cómoda en su propia piel, viendo cómo el mundo se iba rindiendo a sus pies. Mientras, su exmarido pasaba a un segundo plano.

Si como dicen la venganza se sirve en plato frio, la de Diana, en uno que dejó helados a quienes la habían ninguneado. Conocer a Dodi Al-Fayed, hijo de Mohamed Al-Fayed, un empresario egipcio, afincado en Londres, propietario de los grandes almacenes Harrods, fue la guinda. Pero por primera vez Diana se puso el mundo por montera y se embarcó en el yate del famoso play boy, y se fue en las que seguramente fueron las vacaciones más felices de su vida.

Poco podía imaginar ni Diana ni nadie que la tragedia la esperaba a la vuelta de la esquina en el túnel del Pont de l’Alma, que recorre los márgenes del Sena, en París, y a donde había ido la pareja seguramente para jurarse amor eterno. Mucho se ha especulado sobre las causas del accidente, que si era obra de los servicios secretos británicos para impedir que la madre del futuro Rey de Inglaterra se casara con un musulmán, o si el instigador era Carlos de Inglaterra deseoso de casarse con Camila Parker. La realidad fue que el chofer había tomado unas copas de más y al intentar deshacerse de los paparazzis que le seguían, se empotró contra un muro. El coche quedó destrozado, Diana malherida y Dodi, un escolta y el conductor, fallecieron al instante. Diana moriría minutos después justo cuando la noticia empezó a circular por las redacciones.

La reacción de la reina Isabel fue tan mezquina que pocas veces la monarquía británica ha estado tan cerca del abismo como ese día. Intentó retrasar el funeral, que éste tuviera lugar en la más estricta intimidad. Erró el tiro. Tanto que tuvo que bajar la cabeza, ante una mujer, Diana de Gales que lleva reinando 25 años después de morir.