Los transgénicos vuelven a la palestra

La falta de cereal ucraniano abre un debate, ¿son los transgénicos una solución o un problema? Las autoridades de Zambia, uno de los países más pobres de África, donde la hambruna de 2003 amenazaba a unos 3 millones de personas, rechazaron la entrega gratuita de 15.000 toneladas de maíz estadounidense alegando que era un producto genéticamente modificado. La mala fama les persigue aunque España es el país con mayor superficie de cultivo del maíz Bt. Una variedad resistente a una plaga muy presente en la Península Ibérica, razón por la que la apuesta de los agricultores, tanto españoles como portugueses, por estas semillas sea muy fuerte. En 2020 se cultivaron más de 98.000 hectáreas de maíz Bt en España.

Por Paula Llabata


Un organismo genéticamente modificado es aquel organismo al que se le ha modificado su material genético mediante técnicas distintas al apareamiento natural. Generalmente, un transgénico se obtiene introduciendo material genético de una especie diferente, por ejemplo, genes de una bacteria integrados en el genoma de una planta. El objetivo de estas modificaciones es obtener un organismo que además de las características propias, tenga alguna característica más procedente de la especie donante que le confiera una propiedad de interés para la explotación humana. A pesar de que existen muchos tipos de organismos modificados genéticamente (plantas, animales, bacterias, etc…), únicamente encontramos en el mercado plantas modificadas genéticamente, el uso del resto de organismos queda restringido al ámbito de la investigación.


Un organismo transgénico se podría considerar la evolución última de un organismo mejorado genéticamente. La mejora genética vegetal se viene realizando desde hace varios siglos por la humanidad. La forma más antigua de selección genética era guardar las semillas de aquellos frutos que, de forma espontánea, habían desarrollado características deseables por los humanos, por ejemplo, mayor tamaño o mejor sabor. Mediante esta selección, los agricultores iban obteniendo cada vez frutos de mayor tamaño, mejor color y sabor. A mediados del pasado siglo, esta selección comenzó a ser más dirigida, de modo que se comenzó a realizar cruzamientos entre plantas de distintas variedades para obtener nuevos cultivos de mayor calidad y rendimiento. Por ejemplo, imaginemos que tenemos una variedad de melón (A) que tiene la capacidad de crecer en suelos pobres, sin embargo, su dulzor es menos intenso que otra variedad de melón (B). Si cruzamos A con B (manualmente ponemos polen de la variedad A en las flores de la variedad B, o viceversa), obtendremos una variedad de melón F, que juntará las características de la variedad A y B en un 50%.

Sin embargo, en la nueva variedad de melón F, tendremos no solo los genes responsables de la resistencia de A y el dulzor de B, sino también otros muchos genes de ambas variedades que no nos interesan. Para conseguir una variedad estable en la cual siempre estén presentes los genes de interés de la variedad A y B, es necesario cruzar consigo misma la variedad F y seleccionar los frutos resultantes. Este proceso puede durar alrededor de una década, por lo que económicamente supone un gran coste para los productores hasta conseguir la semilla final.

Si nos llevamos este ejemplo al terreno de la transgénesis, el proceso sería de la siguiente manera: Tenemos la variedad B que es interesante comercialmente por su sabor, sin embargo, requiere mucha agua para su cultivo, por lo que en el laboratorio se aísla el material genético de la especie A que le confiere la propiedad de poder crecer en terrenos más secos y se introduce en la variedad B. El resultado es una variedad C que ya contiene las características deseables y lista para ser cultivada. La diferencia con el proceso de mejora genética clásica es que, en este caso, el proceso ha sido mucho más rápido. Sin embargo, la transgénesis permite, además, introducir genes de otras especies, que de forma natural no podría introducirse, ya que se trataría de especies sexualmente incompatibles.


En este caso vamos a imaginar que tenemos una planta que es susceptible de ser atacada por un hongo, y que se conoce una bacteria capaz de evitar el crecimiento del hongo. En condiciones normales, la planta y por tanto los productores de la misma sufrirían grandes pérdidas debido al ataque del hongo. En este caso, no se podría realizar ninguna mejora de forma clásica ya que es muy poco frecuente que una planta incorpore genes de una bacteria, sin embargo, mediante transgénesis, se podría introducir el gen de la bacteria en la planta para convertirla en una planta resistente al hongo. Este mismo ejemplo se puede aplicar en muchos casos con el fin de obtener variedades de cultivo que permitan una mayor productividad y así poder proveer al mercado de la cantidad de alimento necesario para la creciente población mundial.

Foto PrinceTC, CC BY-SA 4.0

La Unión Europea tiene una legislación muy estricta


Existen ciertos miedos y polémicas asociadas al cultivo y consumo de cultivos transgénicos pero es importante recordar que en la Unión Europea existe una legislación muy estricta que regula el cultivo y consumo se alimentos transgénicos, asimismo, en la web de la comisión europea se puede participar aportando su opinión en las consultas ciudadanas que se hacen al respecto de este y otros temas. Asimismo, la Asociación Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha elaborado una serie de preguntas y respuestas más comunes sobre la autorización y consumo de los alimentos genéticamente modificados.


En Europa está legislado el cultivo y la utilización de 6 cultivos transgénicos: algodón, maíz, colza, soja, remolacha azucarera y patata, aunque la inmensa mayoría de los cultivos transgénicos se destina a la elaboración de piensos y la industria textil. Puedes consultar aquí la legislación de los cultivos transgénicos aprobados en Europa.