Me gustaría ser poeta

Por Manuel Blanco Chivite

Me tocaba llevar a las gemelas. Antonia había ido la tarde anterior a casa de su madre, estaba mal y se había caído en el baño. De allí se iría a su trabajo. Complicaciones familiares, el día a día, ¿cuándo no hay alguna complicación?

Nuestro dormitorio tiene una ventana que da a un patio amplio, blanco y lleno de ruidos. Estamos en plena primavera, hoy, siete de mayo. Al despertar, nos envuelve la claridad y escuchamos, hoy solo a mi me envuelve la claridad, solo yo escucho, todavía somnoliento, el piar de algunos pájaros volanderos que cruzan alegres y rapidísimos y el de un par de canarios enjaulados. Saludo matinal, aleteo del sol.

“Mientras abría los ojos / rompían las olas en las rocas”, escribió el poeta donostiarra Joaquín Gurruchaga y hoy, junto a los pájaros, me gustaría oír ese romper de olas. Una ensoñación. Es un buen momento. Me levanto, voy al lavabo y me miro al espejo: me parezco a Juan Ramón Jiménez, al menos en este mismo instante, antes de afeitarme. Me digo, como se dijo él: “Tu y yo pájaro, somos uno”. Rasurado, vuelvo a contemplarme. Ahora me parezco a García Lorca: “El coñac de las botellas se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas”, ¡qué grande el coñac! Mientras preparo los desayunos sigo oyendo el piar pajaril, alguno tempranamente borracho en su disfraz de noviembre. Me digo a mí mismo que debería ser poeta y voy al cuarto de las gemelas, es hora de despertarlas.

Vamos niñas, en pie. Vero me preguntan por Antonia. ¿Y mamá? Se fue con la abuela que está malita. Antoñita interviene: ¿Se va a morir la abuelita? No, cariño, no, ¿qué dices?, se pondrá bien enseguida y podréis ir a verla. ¡Hala!, vestíos que ya tenéis el desayuno en la cocina.

Cuando salimos de casa, “los pájaros se quedan”, como diría Emily Dickinson, me repito que debería ser poeta, creo que valgo. Veo en el cielo unas nubes que sobrevuelan impolutas los tejados más próximos. ¿Las nubes de Baudelaire? ¡Ah!, Baudelaire y aquello de “hay que estar siempre borracho, de poesía, de vino o de virtud”. Y yo, borracho de niñas (¿tendrá cabida eso en la virtud, en la poesía o, lo más probable, en el vino?), las dejo en la guardería, muy cerca de casa afortunadamente, y vuelvo al tema: debería hacerme poeta. Claro, la pregunta: ¿cómo se hace eso?, ¿cómo podría conseguirlo?

De momento, tomo el metro, voy con el tiempo justo. A mediodía llamaré a Antonia para ver cómo va su madre.

Trabajo en un taller de motos y estoy ahorrando para comprarme una, una de verdad, un buen cacharro, de esos con los que podrías dar la vuelta al mundo. Jinete en mi moto, cabalgando autopistas y escribiendo poesías. El sueño de mi vida.

Si la abuela sigue mal, tendré que recoger a las gemelas. Ahora a la tarea, tenemos una hermosa Kawasaki Vulcan con problemas. Hay que vivir. “Viviré de la nada” poetizó Clara Janés, pero no creo que lo hiciera nunca. ¡Ah!, los poetas, me los imagino cabalgando sobre potentes motos, Hondas, Kawasakis, Harley Davison, Ducatis, Cagivas… formando una interminable y contaminante fila india de poemas, sobre carreteras directas al mar “que es el morir” que dijo Jorge Manrique, aunque para mi sería el vivir, llegar a la playa de inmensas olas, descabalgar, escribir un poema, como ese de Taneda Santoka “mi cuenco de mendigar acepta hojas caídas”, en un hermoso otoño de cielos plomizos y arenas grises. Las gemelas se llamarían Aratami y Akira, y Antonia, Hekima, vivimos en Kioto y vuelo hacia allí. Monto de nuevo, ruge el  motor y sigo adelante, sobre el mar, hacia la inmensa y lejana niebla. Sí señor, me gustaría ser poeta.